Un cansancio irreal, lo sentidos tan magnificados que no es posible tolerar un olor, un sonido, la luz o el roce de la piel incluso con la ropa.
No aceptar alimento; ni siquiera querer agua.
Y así, solo cinco días después, la decisión de claudicar. Ese terrible anuncio durante el desayuno familiar del domingo: "he decidido no continuar. No tomaré las siguientes sesiones. Hablaré con el oncólogo para que no me programen".
Las miradas de mis hijos cuestionándome que hacer o qué decir, y así solo atiné a murmurar: " Está bien. Si eso decides, solo puedo acompañarte. No estoy en tus zapatos y no puedo decirte lo que debas hacer".
Y mientras, por dentro, pidiendo una luz que indicara el camino.
¿Cómo saber lo correcto? ¿Cómo no caer en el drama o el chantaje? ¿Cómo hacerle sentir apoyado sin decidir por el?
Ese mismo día por la tarde, una llamada por teléfono. Nuestro vecino y amigo preguntando si él querría tomar la llamada porque su madre quería saludarlo.
Le comenté y tomó la llamada. Y la señora después de saludarle le dijo: " no quiero saber que se raja. Así como estoy, a mis 82 años, si me volvieran a diagnosticar cáncer, volvería a tomar el tratamiento. Que no me entere que no sigue. Si me entero que no va, tomo un taxi y yo lo llevo. No se deje."
Colgó y no comentó más. Pero un día después me comunicó: " La señora tiene razón, estoy muy joven y no puedo derrotarme, voy a continuar".
Y así, llegaron las siguientes sesiones, con sus efectos cada vez más fuertes y acumulativos. Con el deseo firme de sanar, y también con ese sentimiento de no perderse nada. De vivir cada segundo. De no dejarse vencer, tomando conciencia de que en realidad somos muy vulnerables, y que de un minuto a otro la vida puede cambiar drásticamente.
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