Y con los días, llegaron los terribles malestares.
Los ruidos insignificantes, imperceptibles para la mayoría, en sus oídos resuenan como con un altavoz. Los olores lastiman. El roce de la ropa arde, casi quema. El aliento metálico, que no se quita con ningún enjuague bucal. El asco que provocan hasta los alimentos favoritos. La luz es tan brillante que no permite abrir los ojos.
Y los dolores. No se sabe que duele. Pero duele. No es posible mantenerse en pie.
El cansancio pesado. Como si cargaras toda tu vida encima.
Solo puedo estar ahí, a un lado, por si me pides algo. Es difícil, porque quisiera poder resolver todos esos detalles y eliminar el malestar. Pero no se puede. Aparentemente son cosas externas, pero no. Es de adentro. Es la lucha de cada célula por vivir.
Mientras, debo sacar adelante el trabajo. Es una fortuna, dentro de todo, que trabajemos juntos, y puedo dar continuidad. No se pierde todo.
Tiempo para dejarte descansar. Si descansar se puede llamar a esa lucha por seguir de pie. Por eliminar cada célula cancerosa, y fortalecer las células buenas.
Tiempo de recibir demostraciones de cariño, afecto y buenos deseos. También es tiempo de agradecer algunas ausencias. Están quienes tienen que estar.